Anécdotas y Reflexiones | Cosas de princesas

Pon un animal en tu vida

20 marzo, 2017

Los nombres de las mascotas de los americanos son siempre espectaculares: Silver, Blondie, Rex.
En mi familia la imaginación no la utilizábamos para poner los nombres de nuestras mascotas; si bien hemos llegado a tener casi tanta variedad animal como Noe en su arca, los nombres de los pequeños inquilinos no variaban mucho: una tortuga llamada Tecla; un loro llamado Lucas; un pollito de colores llamado “Qué poco nos ha durado”, y ahí se agotó nuestra imaginación, TODOS LOS ANIMALES QUE HABITABAN EN NUESTRA CASA, dando igual si eran hembra o macho, se llamaba KUKI. Sí, algo así como los “Bola de Nieve” de Lisa Simpson pero con defunciones menos agresivas. Kuki, la cotorra; Kuki, el gato persa; Kuki, el gato siamés… Con el cambio de vivienda y mi consiguiente independencia, la adquisición de nuevos compañeros de vida ha llevado acarreada cambios también en la elección de los nombres. Tengo que decir que cuando conocí a mi marido tuve que traerme a mi nuevo hogar a kuki, un bulldog francés que con el cambio de aires pasó a llamarse Burton –es broma, Burton siempre fue Burton; un animal pequeño y compacto pero con una capacidad para soltar cuescos muy por encima de nuestro aguante para permanecer en apnea–.

Taylor —un bulldog Frances– y Kenya —un Terranova—, además de Luis Angel –un adulto con complejo de Peter pan— son los otros animales que pululan por estos rincones. Solo tenemos tres perros, pero soy de las que ven un perro o un gato en la calle y se lo quieren llevar para su casa. Ah, y Copo II, Nieve y Chupón, tres pececillos que la verdad es que no salen mucho de su pecera.

Dice mi marido que uno de los contras de tener tantos animales en casa, es que se pasa el día recogiendo trufas del jardín (sobre todo antes de que vengan invitados o la jardinera, que es que mezclar trufas y desbrozadora como comprenderéis no es plan (ya sabéis: si visitáis, avisad con antelación —4 o 5 horas— ; por cierto, vendemos trufas al por mayor.

A ver, “Kukis”, de lo que yo os quería hablar es de la relación entre mis niñas y mis mascotas, partiendo de las maravillosas experiencias con animalitos que tuve desde niña. No todas fueron para echar cohetes y muchas de ellas fueron más que lamentables, porque como os imaginareis, en casa de mis padres no habita la cantidad de animales que os he mencionado antes; aunque seguro que ya sospechabais algo acerca de “Qué poco nos ha durado”. Siendo la curiosidad de nuestros hijos ilimitada, tarde o temprano acaban preguntando acerca de un tema tabú como es la muerte, y, tristemente, tanto como cierto, nuestras mascotas son los primeros amigos que tienen, y los primeros en perder; con lo que la perdida de un animal querido puede servirnos como herramienta para explicar a nuestros hijos algo tan delicado.

La bolsa de la basura, ahí es donde me encontré a Kuki, nuestra cotorra. Mi madre me había explicado que la pobre había ido al cielo; yo la verdad es que me imaginaba un cielo con menos plásticos y peladuras de fruta.

Hay despedidas que son para siempre. Mamá gustaba de salir al balcón con el loro en el hombro; sí, como si fuera un pirata, solo que en las películas, el loro está en un barco rodeado de agua, y no tiene muchos sitios a los que ir, y en un balcón… Hasta luego, Lucas.

En mi casa, la única baja que hemos sufrido ha sido la de Copo I, y al ser la primera en sufrir en familia, le dimos una noble despedida: lo tiramos al retrete y disparamos tres salvas de cisterna en su honor –como si volviese al mar–.

Las mellis aún son muy pequeñas, pero Martina tiene una edad en la que queremos inculcarle la responsabilidad que conlleva tener una mascota. Ella se encarga de dar de comer a los peces, y muchas veces a los perros –aunque estos últimos con las galletas que roban a las mellis se pueden dar por alimentados (claro, porque si son los peces los que roban las galletas a las niñas, aquí hay alguien que no está en su medio natural)–.

Conocen, nuestras peques, el amor incondicional y la necesaria compañia –los peces menos, pero también. Les tengo mucho cariño– de los primeros amigos. Burton, Taylor, Kenya siempre están dispuestos a dar mimos a las peques, aunque a veces alguna de la mellis,en un imprevisto, caigan al suelo.
En esta casa los besos se dan en cantidades industriales.

Durante una temporada Martina, insistía en que quería un caballo –aunque también nos ha pedido dos hermanitos y nanai (para quien me lea de fuera del Pais Vasco, “nanai” no es un nombre vasco)–, pero bastante tiene mi marido con el tamaño de las trufas de un Terranova, como para que encima la jardinera nos coja la baja.

Creo que el poder permitirnos criar a nuestros hijos rodeados de “pequeños amigos” es una de las mejores decisiones que hemos podido tomar, esa y aquel octubre que fuimos veganos –por temas de alimentación y de desgaste físico, y también de hambre y sobre todo de una fuerza de voluntad bastante distraída tuvimos que volver a la dieta de antes–.

Buenos dias!!!

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  1. Jajajaja!! Así comenzamos el lunes, ya me he reído. Yo no tengo animales, soy lo peor, morirían de pena, soy un poco desastrosa. Si que he tenido de pequeña pollitos de colores, peces y pajaritos, pero sin más, he de decir que algunos de estos murieron de forma sospechosa….Carmen me parece genial que Martina sea responsable de los pececillos, es genial enseñarles a valorar y cuidar a los animales. Feliz semana!!!

  2. Tengo un Husky, un gato enorme y no me imagino entrando en casa y no estando ellos…
    Desde luego es genial criar a los hijos con mascotas. El mío se vuelve loco por estar con ellos, y los pobres tienen una paciencia infinita!!!! Dedos en los ojos… a ver que tienes en la boca…. ahora te doy galleta ahora no….

    Me he reído muchísimo! Me encanta cómo escribes! La naturalidad modo on!

  3. Jajajaj esos cuesquis de los bulldog!!! Yo también tengo uno se llama rocky, dos conejos enanos ( goku y gohan) y un pececillo que no tiene nombre porque pasa desapercibido… me encanta Kenia Carmen! Y a mi hija también jiji

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